
El Monumental fue escenario de una de esas noches que dejan huella y marcan a fuego los ciclos. River pagó caro cada desajuste en el fondo, fue vapuleado 4-1 por Tigre y recibió la silbatina de todas las tribunas. El Matador ejecutó un plan preciso, fue letal en ataque e hizo de una visita compleja una jornada histórica.
El Monumental fue escenario de una de esas noches que dejan huella y marcan a fuego los ciclos. River pagó caro cada desajuste en el fondo, fue vapuleado 4-1 por Tigre y recibió la silbatina de todas las tribunas. El Matador ejecutó un plan preciso, fue letal en ataque e hizo de una visita compleja una jornada histórica.
La dura goleada sufrida ante Tigre en el Monumental retrotrajo a River a los aciagos partidos contra Sarmiento, Riestra, Gimnasia… Con el agravante de que ahora se trataba de una derrota lapidaria, irreversible desde el comienzo del segundo tiempo. Uno de esos golpazos que provocan aturdimiento y erosionan la confianza. Otra vez las dudas y el desconcierto. ¿Dónde quedaron la pretemporada regeneradora y el plus de los refuerzos? ¿Fue una pésima noche aislada o permanecen las cuestiones de fondo -blando atrás, desvaído en ataque- que vienen de arrastre?
La nube de bronca volvió a instalarse sobre el Monumental. El repudio señaló culpables: Colidio y Salas cuando fueron reemplazados, como símbolos de la anemia ofensiva, y Castaño en el momento de ingresar. Todo lo que un equipo puede hacer mal a lo largo de un campeonato, River lo condensó en 90 minutos. O en mucho menos tiempo, porque a los cinco minutos del segundo tiempo ya se había consumado el derrumbe. Un flan en defensa y sin ideas para jugar y atacar. Un desastre en toda regla, al que también contribuyó mínimamente el árbitro Zunino con una interpretación muy rigurosa de una pierna en alto de Vera sobre Cabrera. Fue roja directa, cuando una tarjeta amarilla hubiera sido lo más razonable. Al partido le quedaba media hora, Tigre ya ganaba 3-0 y River, que no sabía dónde estaba parado con 11, al quedarse con 10 se terminó de ir al tacho.

La solidez defensiva que traía River, con la valla invicta en las tres fechas anteriores, se evaporó mucho antes de que el partido levantara temperatura. Dos goles de Tigre en los primeros 15 minutos solo podían caber en la cabeza de alguien que hubiera burlado el límite del consumo de cerveza que se permitió por primera vez en algunos sectores del Monumental. A River no le bastaba una infinidad de pases para crearle peligro a Zenobio, pero un mal pase de Quintero a Moreno en campo visitante fue suficiente para que Tigre despachara un contraataque que desnudó una fragilidad casi ininterrumpida del equipo de Gallardo en la primera etapa. El punzante Romero coronó la corrida de Russo, con caño incluido a Rivero. Fue el 2-0, apenas diez minutos después de que Tigre empezara a descubrir el tembladeral de River, con una definición de Serrago, que se desvió levemente en Viña. Los hinchas de River no entendían nada, ni siquiera la señal de disculpa de Serrago, que se formó en las inferiores del club, pero del que nadie tenía registro.